Los aeropuertos están cargados de historias.
Entre sus paredes se esconden miles de despedidas y aventuras. Muchas películas empiezan o terminan en un aeropuerto dando la bienvenida a quien regresa o corriendo por la terminal para pedir a alguien que no se marche con una declaración de amor. A todos nos suena el “siempre nos quedará París”.
En las terminales hay gente de todas partes. Algunos corren y otros duermen sobre el equipaje. Tú sientes que no estás ahí, como si fuese otro el que habita tu cuerpo. En el móvil muchos abrazos y que tengas un buen viaje. Mientras por megafonía anuncian vuelos que nunca cogerás, y te entra nostalgia por algo que no has vivido. ¿Y si toda nuestra vida cupiese en una bolsa de mano? Imaginas ir sin rumbo ni destino, descubriendo nuevas fronteras sin lastres ni impedimentos, solo tú y el mundo. La vida a veces es una pesadilla en la uno a ratos encuentra la paz.
Anuncian tu vuelo.
Ya en el avión recorres la península de punta a punta. Dejas atrás pueblos y ciudades, y entre nubes de algodón se adivina el sol reflejado en el mar. Al caer la tarde la costa se vuelve un enjambre de luciérnagas. Recuerdas los sitios donde has vivido, la gente que has conocido, la que te queda por conocer. Tantas personas y nosotros solo somos una huella en la memoria de los demás. Haciendo repaso te das cuenta de que la vida es un regalo, que solo tenemos una y es muy breve, y hay que aprovecharla. Quedan tantas cosas por hacer... Tantos sitios por conocer…
Alguien te pregunta de dónde eres.
- Soy de donde estoy.